La alimentación se ha convertido en un tema obsesivo en este mundo occidental en el que vivimos y en ese contexto de locura por identificar alimentos sanos y perjudiciales se cuelan informaciones tendenciosas, siempre con la Industria Alimentaria como parte interesada en la difusión de estas noticias, que no tienen ningún fundamento. Me refiero a la moda de consumir alimentos sin gluten o evitar la leche para mejorar nuestra salud.
Efectivamente, la invasión de “leches vegetales “se está convirtiendo en un gran negocio sin ninguna justificación científica, solamente en nombre de un “bienestar” que no deja de ser un slogan publicitario.

Aunque en otra ocasión hablaremos sobre la intolerancia al gluten, solo aclarar que no hay ninguna evidencia científica que demuestre que es beneficioso no consumir gluten o lactosa por las personas que no sean intolerantes o alérgicos a estos alimentos, incluso en el caso de la moda de consumir alimentos sin gluten sin motivo, parece que está demostrado que esta práctica aumenta la incidencia de padecer diabetes.
Pero ahora hablaremos de la leche, por supuesto con lactosa... ¿es realmente un alimento del que debamos prescindir?
¿Por qué la leche está sufriendo una crisis de popularidad tan intensa que está siendo sustituida poco a poco por unos productos denominados “lácteos vegetales“ con gran regocijo de la industria alimentaria? La única respuesta es la ignorancia de la población.
Empecemos por el principio y repasemos cómo la leche nos ha acompañado como alimento fundamental en nuestra dieta. Comenzamos a consumir leche hace unos 8.000 años en Europa Central, nuestros antepasados, por una mutación genética, sintetizaron una enzima, la lactasa, que servía para digerir el azúcar de la leche (la lactosa). Esta nueva situación fue estimulada por una selección natural en la evolución humana, pues al ingerir la leche, rica en vitamina D, les protegía además de múltiples enfermedades, entre ellas el raquitismo.
Esta mutación no se produjo en otros lugares del planeta, por ejemplo en Africa, pues allí, la cantidad de luz solar que recibían sus habitantes era suficiente para sintetizar la vitamina D debajo de la piel (como todos sabemos los rayos solares fabrican vitamina D en nuestro organismo).
Es decir en muchos países no se produjo esta mutación para digerir la lactasa, porque no era necesario. El sol ya solucionaba el problema del déficit de vitamina D.
Solo en los países de Europa (por su clima) y sobre todo en las poblaciones que se dedicaban al pastoreo, ya que además la ganadería les ofreció otra alternativa para alimentarse (la leche), sufrieron esta mutación que les permitía digerir la leche. En cambio en Asia o en América, al no existir ganadería durante miles de años, provocó que la mayoría de sus habitantes actualmente sean intolerantes a la lactosa, sencillamente porque nunca bebieron leche en muchos miles de años.
¿Por qué los humanos consumimos leche, teniendo en cuenta que somos los únicos mamíferos que lo hacemos después de la lactancia?
Pues bien, se ha demostrado que la leche es un alimento imprescindible para el crecimiento y la maduración del aparato digestivo en la infancia, además podríamos considerarlo un alimento completo, pues aparte de que sea bajo en calorías (y más si es descremada), es un alimento muy rico en nutrientes, con proteínas de alto valor biológico (la caseína) y de alta digestibilidad, siendo además fuente imprescindible de calcio y muy rico en vitaminas liposolubles (A,D,K,E).
INTOLERANCIA A LA LACTOSA
La lactosa es el azúcar de la leche, es un disacárido, es decir está formado por dos azúcares: la glucosa y la galactosa. Para que este disacárido (lactosa) se desdoble en glucosa y galactosa y pueda así ser absorbido por el intestino, la mucosa intestinal y el páncreas fabrican una enzima: la lactasa. Si nuestro organismo no fabrica esta enzima lactasa, la lactosa no se desdobla y no se absorbe en el intestino delgado y llega al colon y allí fermenta y provoca síntomas intestinales como dolor abdominal, gases y diarrea, y esto se produce al poco tiempo de ingerir la leche.
La producción de esta enzima (lactasa) es máxima en la infancia, pero con la edad va disminuyendo y así, nos podemos convertir al ser adultos en intolerantes a la lactosa.
QUÉ HACER CUANDO SOMOS INTOLERANTES A LA LACTOSA
Primero, cuando tengamos sospechas, pues notamos que nos sienta mal la leche, (dolor de tripa o diarreas), acudir al médico para que nos realice unas pruebas para confirmar el diagnóstico y en ese caso consumir leche sin lactosa y otros lácteos fermentados como el yogurt o el kéfir (la lactasa se convierte en ácido láctico y no habría problema) o los quesos.
Pero si no tomamos lácteos es muy difícil ingerir el calcio necesario, a no ser que nuestra dieta sea rica en sardinas en aceite, marisco, legumbres, espinacas o almendras.
LAS LLAMADAS “LECHES VEGETALES”
Ante este problema de la intolerancia a la lactosa (afecta al 20% de la población española) nuestros supermercados van retirando los bricks de leche de las estanterías sustituyéndolos por los bricks de las mal llamadas leches vegetales y ya las tenemos de todo tipo: soja, almendras, avellanas, arroz o coco. Se calcula que actualmente el 40% de la población española consume ya lácteos vegetales habitualmente, a pesar de que su precio es más elevado... ¡el poder de la publicidad!
Se trata de unos extractos líquidos de legumbres (de momento no hay de lentejas), frutos secos o cereales, que no son de ninguna manera un sustituto de la leche, pues tienen una menor cantidad y calidad de proteínas y ni rastro de calcio o de fósforo. Por eso, siempre tienen que ir enriquecidas con estos nutrientes, pero esos nutrientes añadidos no tienen la biodisponibilidad (capacidad de absorción) que los nutrientes de la leche de vaca que son mucho mejores. Y lo peor es que estos “productos“ contienen una gran cantidad de azúcar, edulcorantes y añadidos artificiales (estabilizantes, saborizantes, emulsificantes, etc.) que cualquier consumidor puede leer, (eso sí, con una buena lupa), en los ingredientes que vienen en el envase.
En definitiva, nunca una leche vegetal puede sustituir a una leche animal, pues son dos productos diferentes aunque también se vendan en tetrabrick. Las diferencias nutricionales son abismales y las leches vegetales son otro engaño publicitario, como otros muchos, que nos cuela la industria alimentaria.
La leche no es mala, aunque sí hay “mala leche“ cuando se habla de ella.
