

Historiador
El día 30 de agosto de 1905 ha quedado registrado en los anales de la capital de Burgos como uno de los más brillantes de su historia, paradójicamente porque su habitual palpitar quedó eclipsado durante 3 minutos y 42 segundos, al ocultarse el sol en pleno día tras la sombra proyectada por la luna. Para ser más exactos, hay que reconocer que lo fue toda esa jornada y las inmediatas anteriores y posteriores, gracias al esfuerzo y la creatividad que desplegó su ayuntamiento para convertir a la ciudad en el epicentro de observación de este fenómeno a nivel europeo; que por entonces era como decir mundial. A su llamada respondieron distintas comisiones astronómicas procedentes de Alemania, Bélgica, Países Bajos, Francia e Inglaterra, además del Observatorio Astronómico de Madrid, y científicos llegados desde Portugal, Austria, Rumanía y hasta de las ciudades norteamericanas de Washington e Indiana, con la finalidad de estudiar la corona solar, así como para medir la velocidad de los astros y fotografiar la cromosfera.
La elección de esta ciudad respondió a la circunstancia de que, dentro de la franja desde la que se podría contemplar el eclipse, un arco que abarca desde La Coruña hasta la costa levantina, en la latitud en la que se sitúa la por entonces “cabeza de Castilla”, la duración de este fenómeno astronómico era de las mayores, después de Soria, donde se observaría 6 segundos más; al igual que en Estépar. Pero Burgos contaba con una infraestructura de comunicaciones y alojamiento mayor, para acoger a los científicos y otras personalidades, pese a lo cual el ejército tuvo que aportar 400 camas extra.
De hecho, uno de los acontecimientos que se incluyeron en el programa de actos era la inauguración de la recién construida estación de los ferrocarriles del Norte de España.

Pero también tuvo mucho que ver el buen hacer del consistorio, que creó una comisión especial, presidida por el señor Fernández Cavada, para llenar de contenido lo que, de otro modo, hubiera quedado en un momento fugaz restringido al ámbito de la ciencia.
Tal fue su buen hacer, pese al escaso tiempo que se dedicó a ello, apenas tres meses, que el repertorio de actividades fue tan completo y variado que logró justificar, aparte de la presencia de más de 60 científicos, la asistencia del presidente del Gobierno de la Nación, Eugenio Montero Ríos, y su ministro de Instrucción Pública, Andrés Mellado, de personajes de tanto relumbrón como el multimillonario americano Mr. W. Randolph Hearts y, sobre todo, de la familia real. Alfonso XIII llegó el día 28 conduciendo su propio coche, en tanto que su madre y hermana llegaron desde la Bella Easo en tren al día siguiente, alojándose en el palacio de la Diputación, que fue acondicionado para la ocasión con muebles aportados por los propios burgaleses, entre los que sobresalió el magistrado D. Heliodoro Jalón Larragoiti.
El programa de actos regio fue muy intenso aunque estrictamente institucional, dado el reciente fallecimiento por sobreparto de la hermana mayor del monarca, a la sazón primogénita de Alfonso XII. La jornada previa al eclipse procedieron a inaugurar la estación de ferrocarril y la colocación de la primera piedra del monumento al Cid, en la cercana plaza de Castilla.
El mismo día 30 madrugaron para oír misa a primera hora en la Cartuja y departir con sus monjes, el más veterano de los cuales, con 105 años, se despidió del rey con un “hasta el próximo eclipse”. A continuación, visitaron el parque de aerostación ubicado en las huertas del monasterio de San Juan y pasearon por las calles del casco histórico, en cuyo paseo del Espolón se había instalado un túnel de lámparas eléctricas.

Pero los festejos fueron más allá, en tiempo y forma. Durante cinco jornadas se conjugaron propuestas populares con otras más vanguardistas en aquella época. Así, además de bailes nocturnos y de salón, bandas de música, competiciones de tiro al pichón y esgrima, retretas militares y asalto de armas, conciertos, representaciones teatrales (“Locura de amor”, “El vergonzoso en palacio” y “Rosas de otoño”), exposiciones de tapices, fuegos artificiales o corridas de toros, se incluyeron proyecciones de cinematógrafo al aire libre y una nutrida exhibición de globos aerostáticos tripulados, como atestiguan las fotografías tomadas aquellos días. También se organizaron conferencias científicas y se convocó un concurso internacional de fotografía astronómica, para lo que se enviaron cartas a embajadas y periódicos nacionales y de toda Europa, remitidas en sobres en cuyo reverso figuraba el elenco de los actos programados.
El momento culmen, a las 13:08 hs., fue inmortalizado por Marceliano Santa María en una aguada, que se conserva en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en la que aparece la comitiva real desde el observatorio instalado en el cerro del castillo, entonces despoblado de arbolado, con la catedral al fondo.

Por su parte, los científicos ubicaron sus telescopios y demás instrumentos en distintas localizaciones. Las comisiones francesas, procedentes de Meudón, Montpelier y Burdeos se instalaron en la zona de las Huelgas, en el vivero forestal de los Vadillos y en los jardines del instituto López de Mendoza.
Por su parte, uno de los equipos alemanes ocupó el Plantío y otro una finca en Villargámar. Un tercer grupo germano lo hizo en el Campo Lilaila junto con los restantes, principalmente holandeses, belgas, ingleses y, por supuesto, los españoles, pudiendo constatar entre todos ellos la presencia de algunas mujeres. Por su parte, los Jesuitas, llegados de los Países Bajos, se instalaron en el antiguo colegio de La Merced, disponiendo de un aparataje excepcional.

Por si las condiciones atmosféricas no fueran las apropiadas, y para tomar datos meteorológicos, se contó con la presencia de varios globos sonda, piloto y cometa. Y casi fue así, porque apenas media hora antes del evento no sólo el cielo se cubrió de nubes, sino que llegaron a descargar una fina lluvia que a punto estuvo de deslavazar la contemplación de la Luna en fase nueva eclipsando al Sol. Afortunadamente, minutos antes del momento estelar, el sol, que ya había empezado a ser cubierto por la sombra de Selene, se dejó ver, haciendo las delicias de la concurrencia, no sólo local sino también procedente de muchos rincones del país.
Según describe la cronista oficiosa de la ciudad, María Cruz Ebro, “Sombras medrosas se extendieron sobre los campos. Sentimos frío, un frío escalofriante […] Poco a poco la oscuridad se fue acentuando […] De pronto las nubes se rasgaron y en el azul pálido del firmamento vimos campear un sol desconocido, extraño, de sobrecogedora belleza. Era aquel sol, un sol negro, semejante a un estrella que agujereada en el centro luciese en la periferia su corona de luz”.
En definitiva, fueron días especialmente luminosos para los habitantes de Burgos, que disfrutaron del fugaz coqueteo entre la luna y el sol, algunos poniendo a prueba sus ojos al hacer uso de anteojos para el teatro o cristales ahumados con alcanfor, en lugar de seguir las indicaciones que se dieron para ello en un folleto editado para la ocasión y una extensa publicación del Observatorio Astronómico de Madrid con distintas “instrucciones” científicas y técnicas, incluidas las referidas al protocolo a seguir para fotografiar el eclipse.

El Archivo Municipal de Burgos, que atesora abundante documentación, escrita y gráfica, de este singular acontecimiento, acaba de diseñar una propuesta didáctica para hacer más asequible y comprensible la significación que tuvo este acontecimiento entre los escolares.
Está disponible en este enlace:
Una buena manera de prepararse para la contemplación del que tendrá lugar el 12 agosto de este año.
¡Vayan tomando nota!
