

Pediatra - Neonatólogo, Complejo Asistencial Universitario de Burgos. Neurología Neonatal, Fundación NeNe.
Son las diez de la noche. Un niño tiene fiebre. No es muy alta, apenas supera los 38 grados, pero sus padres están inquietos. El día ha sido largo, el cansancio pesa y la incertidumbre incomoda. El termómetro se convierte en juez, el buscador del teléfono en oráculo. ¿Será grave? ¿Deberíamos ir a urgencias? ¿Y si esperamos y pasa algo?
La escena se repite a diario en miles de hogares. No es una escena de negligencia, sino de preocupación. Tampoco es una escena nueva. Lo que sí es nuevo es la forma en que, como sociedad, nos relacionamos con la salud, la enfermedad y el malestar, especialmente cuando se trata de nuestros hijos.

Vivimos en una época que valora la respuesta rápida, la solución inmediata y la eliminación del síntoma. Esperamos de la medicina certezas, diagnósticos precisos y tratamientos eficaces para casi cualquier malestar. Y la medicina, que ha avanzado de forma extraordinaria, responde muchas veces con éxito. Pero colocar todo el peso del cuidado en que la medicina “solucione” lo que ocurre no siempre conduce al bienestar. Hay situaciones en las que la realidad no ofrece respuestas rápidas ni soluciones inmediatas, y en las que cuidar implica pausar, observar, acompañar y asumir una responsabilidad compartida más que intervenir de forma inmediata.
Porque no toda fiebre es una amenaza.
No todo dolor es una avería.
No todo malestar necesita ser corregido de inmediato.
El cuerpo como aliado olvidado
Durante siglos, el cuerpo humano ha sido entendido como una máquina a la que había que reparar cuando algo fallaba. Aunque la ciencia ha avanzado enormemente, esta mirada sigue muy presente, tanto en la sociedad como, en ocasiones, en la propia medicina. Ante un síntoma, tendemos a pensar en algo que hay que arreglar, corregir o silenciar, más que en un mensaje que merece ser comprendido.
Sin embargo, el cuerpo es un sistema inteligente, capaz de expresar lo que ocurre a distintos niveles. La fiebre, el dolor, el cansancio, la falta de apetito, el insomnio o determinadas manifestaciones emocionales no aparecen de forma aislada. Con frecuencia son la expresión visible de desequilibrios más profundos: ritmos inadecuados, estrés sostenido, sobrecarga emocional, falta de descanso, contextos poco saludables o vínculos tensos.
El cuerpo no crea el problema; lo manifiesta.
Esta forma de entender el cuerpo suele asociarse al mundo adulto, como si los niños estuvieran al margen de estos procesos. Pero no es así. También en la infancia el cuerpo habla, a veces con más claridad aún, porque dispone de menos recursos para explicar con palabras lo que ocurre. Un niño no siempre puede verbalizar su malestar, pero su cuerpo sí puede expresarlo.
Cuando abordamos la medicina únicamente desde la corrección del síntoma, corremos el riesgo de intervenir sobre el efecto sin atender a la causa. En muchos casos, esto no resuelve el problema, sino que lo aplaza o lo transforma. El síntoma se silencia, pero el desequilibrio persiste. La intervención se convierte entonces en una sucesión de parches que alivian momentáneamente, pero no modifican aquello que sostiene el malestar.
Reconocer al cuerpo como aliado no significa negar la enfermedad ni rechazar la intervención médica cuando es necesaria. Significa ampliar la mirada. Entender que cuidar no siempre es corregir, y que, a veces, la intervención más eficaz comienza por escuchar qué está expresando el cuerpo y preguntarnos qué condiciones —personales, familiares, escolares o sociales— están influyendo en ese proceso.
Cuando delegar todo debilita
En las últimas décadas hemos ido trasladando progresivamente la responsabilidad del cuidado de la salud hacia fuera: al profesional, a la prueba diagnóstica, al fármaco y, más recientemente, a la inteligencia artificial. Buscamos respuestas rápidas, datos claros, algoritmos que nos orienten. Estas herramientas, bien utilizadas, son valiosas: permiten acceder a información, ordenar síntomas, ahorrar tiempo y reducir errores.
Pero ninguna herramienta, por sofisticada que sea, puede sustituir la capacidad humana de comprender lo que ocurre más allá de los datos. La medicina no es solo información; es interpretación. Es contexto. Es una forma de inteligencia que integra lo biológico, lo emocional, lo relacional y lo ambiental, y que no siempre puede traducirse en variables medibles.
Durante mucho tiempo hemos asociado la inteligencia casi exclusivamente a lo cognitivo. Hoy sabemos que existen otras formas de inteligencia: la que percibe, la que intuye, la que capta matices, la que reconoce patrones nuevos cuando lo conocido no basta. La inteligencia artificial puede integrar grandes volúmenes de información, pero siempre a partir de lo ya existente. No puede salir del marco que le ha sido dado.
El riesgo aparece cuando delegamos por completo —en personas o en sistemas— la tarea de comprender qué le ocurre a un niño. Cuando dejamos de observar, de escuchar, de preguntarnos qué está expresando ese cuerpo o ese comportamiento. No se trata de desconfiar de la ciencia, sino de recordar que el conocimiento no lo es todo.
Esto es especialmente relevante en la infancia. Los niños no viven desde el saber acumulado ni desde las creencias; viven desde la experiencia directa. Perciben antes de explicar, sienten antes de racionalizar. Cuando los adultos perdemos esa capacidad y la sustituimos por respuestas automáticas, corremos el riesgo de no ver lo esencial.
Recuperar la responsabilidad no significa prescindir de la medicina ni de la tecnología, sino integrarlas. Usarlas como apoyo, no como sustituto de la mirada humana.
La medicina es más que fármacos y pruebas
Vivimos en una época paradójica. Por un lado, disfrutamos de algunos de los mayores avances médicos de la historia de la humanidad. Vacunas y antibióticos por ejemplo, han cambiado radicalmente el curso de enfermedades que durante siglos marcaron la supervivencia infantil y la esperanza de vida. Gracias a ellos, hoy damos por sentado algo que antes era extraordinario: que la mayoría de los niños sobrevivan y crezcan.
Y, sin embargo, asistimos a una creciente desconfianza hacia la medicina científica, hasta el punto de demonizar herramientas que han demostrado de forma incuestionable su valor. Este cuestionamiento indiscriminado no nace del rigor, sino muchas veces de la confusión, del miedo o de la necesidad de encontrar explicaciones simples a realidades complejas. Defender una visión amplia de la salud no implica negar los avances que han salvado millones de vidas.
Reconocer el valor de la medicina basada en pruebas tampoco significa cerrarse a nuevas comprensiones del ser humano. La medicina no es estática. Evoluciona a medida que ampliamos la mirada. Hoy sabemos que la salud no depende solo de intervenir sobre órganos o síntomas aislados, sino de entender al ser humano como un sistema complejo, donde interactúan lo biológico, lo emocional, lo relacional y lo ambiental.
La ciencia tiene una enorme fortaleza: permite medir, comparar y demostrar aquello que es observable con las herramientas disponibles en cada momento histórico. Pero también tiene límites. Nuestra capacidad actual como especie está condicionada por lo que somos capaces de medir hoy. Y eso no significa que todo lo que aún no podemos explicar no exista o no tenga valor.
El contacto piel con piel entre un bebé y sus cuidadores se ha practicado durante siglos por intuición y experiencia. No fue hasta hace relativamente poco cuando la ciencia pudo demostrar de forma concreta sus beneficios fisiológicos y emocionales. La práctica existía antes que la explicación.
Hoy seguimos conviviendo con muchos factores que aportan salud —el vínculo, el movimiento, la música, la sensación de seguridad— cuyos mecanismos completos aún no comprendemos del todo. Es probable que en los próximos años podamos explicar científicamente efectos que ahora solo intuimos. Y cuando eso ocurra, nos parecerán evidentes.
Este camino, sin embargo, no está exento de riesgos. Existe una línea fina entre abrirse a nuevas comprensiones y caer en propuestas que se aprovechan de la fragilidad humana. En nombre de una supuesta visión integral de la salud, a veces se ofrecen soluciones que no lo son o se prometen resultados imposibles.
Para quienes ejercemos la medicina, este equilibrio supone un reto constante: mantenerse abiertos sin perder el rigor, acompañar sin alimentar falsas expectativas, proteger sin cerrar la puerta a lo que aún está por comprenderse. Y este reto es especialmente delicado cuando se trata de niños, porque la infancia es un territorio sensible donde el miedo puede convertirse fácilmente en confusión.
El adulto y el entorno: el sustrato donde crece la salud
Los niños no aprenden a relacionarse con su cuerpo, con el malestar o con la salud a través de discursos, sino a través de la experiencia cotidiana. Observan cómo los adultos afrontan el cansancio, la enfermedad, la frustración o la incertidumbre, y hacen de ello un modelo.
Por eso, la responsabilidad adulta no consiste solo en educar, sino en crear contextos coherentes donde lo que se dice y lo que se hace no entren en contradicción. No se puede pedir a un niño que escuche su cuerpo en un entorno que no permite la pausa. Ni fomentar hábitos saludables en espacios que no los sostienen. La salud no se enseña: se vive.
Los lugares donde los niños crecen —la familia, la escuela, los espacios de juego— actúan como un verdadero sustrato biológico y emocional. Un entorno que permite el movimiento, el vínculo, la expresión y el respeto por los ritmos favorece no solo el aprendizaje, sino también la regulación emocional y corporal.
Para que este paradigma sea posible, los adultos debemos revisarnos primero. No desde la exigencia de hacerlo todo bien, sino desde la coherencia de reconocer que no podemos ofrecer a la infancia aquello que no somos capaces de habitar.
Recuperar una mirada más amplia
La salud infantil no se construye únicamente en la consulta ni se sostiene solo a base de intervenciones. Se teje en los contextos donde los niños viven y crecen, en la forma en que los adultos respondemos a su malestar y en la capacidad colectiva de no delegar todo en soluciones externas.
Ampliar la mirada no significa restar valor a la medicina, sino situarla en su lugar. Reconocer su enorme capacidad para intervenir cuando es necesario y, al mismo tiempo, aceptar que hay procesos que requieren tiempo, observación y acompañamiento.
Criar niños sanos no es evitarles toda dificultad, sino ofrecerles un entorno suficientemente seguro y coherente para que puedan escucharse, adaptarse y crecer. La mejor medicina para la infancia no siempre se prescribe. A veces, simplemente, se construye en la manera en que habitamos el mundo junto a ellos.
