

Director Centro Residencial
Jardín-Tardajos
Gracias a los avances de la medicina moderna y a los programas de salud pública que nos ayudan a vivir mucho más, la esperanza de vida ha aumentado drásticamente, aunque de forma desigual, en todo el mundo. En promedio, una persona nacida en 1960 -el primer año que Naciones Unidas empezó a recoger datos globales- tenía una esperanza de vida de 52.5 años.
Hoy en día, la esperanza de vida mundial en promedio es de entre 70 y 73.5 años, aunque existen grandes disparidades, con países que superan los 80 años, como España o Japón (84 años), y otros con niveles inferiores a 60 años.
Hay que distinguir entre la esperanza de vida al nacer, que es nada más que una estimación basada en un promedio y la duración de la vida que se refiere al límite máximo de tiempo que una persona puede vivir y que está influenciada por la genética, el acceso a la atención sanitaria, el medio ambiente o el estilo de vida, entre otras condiciones.
La principal dificultad para saber con certeza cuánto tiempo en promedio vivían nuestros predecesores, es la falta de datos fidedignos. Se estima que durante la Prehistoria las personas vivían, de media, hasta los 30 o 40 años. Aunque no disponemos de datos exactos, el desgaste dental, la artrosis o la osteoporosis permiten identificar a los “ancianos” prehistóricos.
Durante este periodo de la Prehistoria, el hombre tenía como principal objetivo la supervivencia y la convivencia en tribus se caracterizaba por estructuras sociales unidas por lazos de parentesco, tradiciones compartidas y una estrecha relación con el entorno natural. Estas sociedades antiguas debían organizarse para sobrevivir, y su sistema productivo estaba basado en una economía de subsistencia básica dirigida a la recolección, la pesca y la caza. Durante esta época las condiciones de vida eran precarias, había enfermedades, luchas tribales, etc. La adaptación al medio era complicada y, en pocas palabras, no existía vejez, puesto que la esperanza de vida era muy corta.
En esta época en la que los peligros acechaban, las personas que conseguían llegar hasta esta etapa vital tenían una buena consideración y cierto prestigio en la estructura social. En este sentido también hay que destacar que esta posición privilegiada era indistinta para hombres y para mujeres y, las personas que llegaban a la edad madura ocupaban altos lugares en la jerarquía social, siendo referentes para las más jóvenes del grupo como consejeros, chamanes, sanadores o jueces, por lo que debieron constituir el “archivo histórico” de las comunidades carentes de escritura como testigos privilegiados de la historia del clan.
¿Significaba eso que alguien de 35 años se podría considerar “viejo”?
En prehistoria, es complicado contar con un umbral cronológico absoluto para determinar ese estado de edad avanzada como hacemos en la actualidad. En las sociedades primitivas, la edad avanzada no estaba vinculada a estigmas, sino a experiencias. Los estudios osteológicos, dentales y arqueológicos permiten deducir prácticas de cuidado, longevidad creciente y valor social de personas de edad avanzada y sobrevivientes a graves accidentes con la cooperación de todo el grupo.
Muchos factores han influido en su apreciación a lo largo de la historia y el papel que los ancianos han tenido en la sociedad, ha dependido del valor que ésta les ha otorgado en base a los valores de cada época.
Es necesario analizarlo desde las primeras poblaciones humanas, pasando por períodos como el egipcio, la sociedad helénica, incluso el Medioevo y el Renacimiento hasta llegar al Mundo Moderno y Contemporáneo para entender de qué manera esta etapa de la vida ha sido interpretada de diversas maneras a lo largo de la historia.
Hay que tener en cuenta factores que son de gran relevancia para entender el valor que cada sociedad le otorga al anciano: disponibilidad de recursos en la sociedad, capacidad de transmisión de conocimiento, adaptación respecto al cambio social, proporción de individuos que conforman el grupo…
De hecho, en algunas culturas nómadas o con economías basadas en la supervivencia, los ancianos podían ser vistos como una carga cuando ya no podían contribuir físicamente a la comunidad. En ciertas tribus, la expectativa era que los mayores se retiraran de la sociedad para evitar ser un peso para los más jóvenes.
Por lo que sabemos, no siempre se ha tenido la misma visión de la vejez; en la mayoría de las culturas a través de la historia, ha sido valorada y en otras devaluada. Desde tiempos antiguos donde era vista como un símbolo de sabiduría, otras etapas en las que se ha convertido en un desafío social, hasta la actualidad en que la percibimos como una oportunidad para el crecimiento personal.
Comprender la evolución histórica del envejecimiento es esencial para abordar los desafíos actuales que enfrentan las sociedades con poblaciones envejecidas. Un largo recorrido hasta llegar al enfoque moderno del envejecimiento activo, que promueve la participación plena y digna, valorando la vejez como una etapa de posibilidades, aprendizaje continuo y contribución social, superando visiones negativas y enfocándose en la calidad de vida y la autonomía.
Y volviendo a los conceptos que encabezan este artículo: la esperanza de vida y la duración de la vida, merece la pena recordar las palabras de filósofos estoicos como Séneca o Marco Aurelio, para los que la buena vida no debería depender de cuánto tiempo vivimos, sino de cómo usamos el tiempo que tenemos; nos parece corta, nos advierten, porque la malgastamos en trivialidades, ambiciones vacías y distracciones en lugar de vivirla de manera consciente. Y es así como perdemos el tiempo preocupándonos de lo que está fuera de nuestro control, o viviendo en el pasado o el futuro en lugar del presente.
Séneca repite una y otra vez en su obra la idea de que “el error fundamental del ser humano es vivir en el futuro como si el tiempo estuviera garantizado”. De donde se deduce la moraleja de que no podemos controlar la duración de la vida, pero sí cómo empleamos cada momento.
